¡Dulces las horas en la propia patria
donde es amigo cuanto alumbra el sol,
vida es la brisa que en sus campos vuela,
grata la muerte y más tierno amor!
Ardientes besos en los labios juegan,
de una madre en el seno al despertar,
buscan los brazos a ceñir el cuello,
y los ojos sonríense al mirar.
Dulce es la muerte por la propia patria
donde es amigo cuanto alumbra el sol;
muerte es la brisa para quien no tiene
una patria, una madre y un amor.
MI RETIRO
Cabe anchurosa playa de fina y suave arena,
y al pié de una montaña cubierta de verdor,
planté mi choza humilde bajo arboleda amena,
buscando de los bosques en la quietud serena
reposo a mi cerebro, silencio a mi dolor.
Su techo es frágil nipa, su suelo débil caña,
sus vigas y columnas maderas sin labrar:
nada vale, por cierto, mi rústica cabaña;
más duerme en el regazo de la eterna montaña,
y la canta y la arrulla, noche y día, el mar.
Un afluente arroyuelo, que de la selva umbría
desciende entre peñascos, la baña con amor;
y un chorro le regaba por tosca cañería,
que en la callada noche es canto y melodía
y néctar cristalino del día en el calor.
Si el cielo está sereno, mansa corre la fuente,
su cítara invisible tañendo sin cesar;
pero vienen las lluvias, e impetuoso torrente
peñas y abismos salta, ronco, espumante, hirviente,
y se arroja, rugiendo frenético, hacia el mar.
Del perro los ladridos, de las aves el trino,
del calao la voz ronca sólo se oyen allí;
no hay hombre vanidoso ni importuno vecino
que se imponga a mi mente, ni estorbe mi camino;
sólo tengo las selvas y el mar cerca de mí.
¡El mar, el mar es todo! Su masa soberana
los átomos me trae de mundos que lejos son;
me alienta su sonrisa de límpida mañana,
y cuando por la tarde mi fé resulta vana
encuentra en sus tristezas un eco el corazón.
¡De noche es un arcano...! Su diáfano elemento
se cubre de millares refulgencias de luz;
la brisa vaga fresca, reluce el firmamento,
las olas en suspiros cuentan al manso viento
historias que se pierden del tiempo en el capúz.
Diz que narran del mundo la primera alborada,
del sol el primer beso que su seno encendió,
cuando miles de seres surgieron de la nada,
y el abismo poblaron y la cima encumbrada
y doquiera su beso fecundante estampó.
Más, cuando en noche obscura los vientos enfurecen
y las inquietas olas comiénzanse a agitar,
cruzan el aire gritos que el ánimo estremecen
coros, voces que rezan, lamentos que parecen
exhalar los que un tiempo se hundieron en el mar.
Entonces repercuten los montes en la altura,
los árboles se agitan de confín a confín;
aullan los ganados, retumba la espesura,
sus espíritus dicen que van a la llanura
llamados por los muertos a fúnebre festín.
Silba, silba la noche, confusa, aterradora;
verdes, azules llamas en el mar vénse arder;
mas la calma renace con la próxima aurora,
y pronto una atrevida barquilla pescadora
las fatigadas olas comienza a recorrer.
Así pasan los días en mi obscuro retiro,
desterrado del mundo donde un tiempo viví;
de mi rara fortuna la providencia admiro:
¡guijarro abandonado que al musgo sólo aspiro
para ocultar a todos el mundo que hay en mí!
Vivo con los recuerdos de los que yo he amado,
y oigo de vez en cuando sus nombres pronunciar:
unos están ya muertos, otros me han abandonado;
más ¿qué importa...? Yo vivo pensando en lo pasado
y lo pasado nadie me puede arrebatar.
El es mi fiel amigo que nunca me desdora,
que siempre alienta al alma cuando triste la vé;
que en mis noches de insomnio conmigo vela y ora;
conmigo en mi destierro y en mi cabaña mora,
y cuando todos dudan sólo él me infunde fé.
Yo la tengo, y yo espero que ha de brillar un día
en que venza la idea a la fuerza brutal;
que después de la lucha y la lenta agonía,
otra voz más sonora y más felíz que la mía
sabrá cantar entonces el cántico triunfal.
Veo brillar el cielo tan puro y refulgente
como cuando forjaba mi primera ilusión,
el mismo soplo siento besar mi mustia frente,
el mismo que encendía mi entusiasmo ferviente
y hacía hervir la sangre del joven corazón.
Yo respiro la brisa que acaso haya pasado
por los campos y ríos de mi pueblo natal;
¡acaso me devuelva lo que antes le he confiado:
los besos y suspiros de un ser idolatrado,
las dulces confidencias de un amor virginal!
Al ver la misma luna, cual antes argentada,
la antigua melancolía siento en mí renacer;
despiertan mil recuerdos de amor y fé jurada...
Un patio, una azotea, la playa, una enramada,
silencios y suspiros, rubores de placer...
Mariposa sedienta de luz y de colores,
soñando en otros cielos y en más vasto pensil,
dejé, joven apenas, mi patria y mis amores,
y errante por doquiera, sin dudas, sin temores,
gasté en tierras extrañas de mi vida el abril.
Y después, cuando quise, golondrina cansada,
al nido de mis padres y de mi amor volver,
rugió fiera de pronto violenta turbonada:
vénse rotas mis alas, deshecha la morada,
la fé vendida a otros y ruinas por doquier.
Lanzado a una peña de la patria que adoro,
el porvenir destruído, sin hogar, sin salud,
venís a mí de nuevo, sueños de rosa y oro,
de toda mi existencia el único tesoro,
creencias de una sana, sincera juventud.
Ya no sois como antes, llenas de fuego y vida,
brindando mil coronas a la inmortalidad;
algo serias os hallo; más vuestra faz querida
si ya no es tan ingenua, si está descolorida,
en cambio lleva el sello de la fidelidad.
Me ofrecéis, ¡oh ilusiones! la copa del consuelo,
y mis jóvenes años a despertar venís:
gracias a tí, tormenta; gracias, vientos del cielo,
que a buena hora supísteis cortar mi incierto vuelo,
para abatirme al suelo de mi natal país.
Cabe anchurosa playa de fina y suave arena
y al pié de una montaña cubierta de verdor,
hallé en mi patria asilo bajo arboleda amena,
y en sus umbrosos bosques, tranquilidad serena,
reposo a mi cerebro, silencio a mi dolor.
(Durante el destierro en la isla de Dapitan).
CANTO DEL VIAJERO
Hoja seca que vuela indecisa
y arrebata violento turbión,
así vive en la tierra el viajero,
sin norte, sin alma, sin patria ni amor.
Busca ansioso doquiera la dicha,
y la dicha se aleja fugaz:
¡Vana sombra que burla su anhelo...!
¡Por ella el viajero se lanza a la mar!
Impelido por mano invisible
vagará de confín en confín;
los recuerdos le harán compañía
de seres queridos, de un día feliz.
Una tumba quizá en el desierto
hallará, dulce asilo de paz,
de su patria y del mundo olvidado...
¡Descanse tranquilo, tras tanto penar!
Y le envidian al triste viajero
cuando cruza la tierra veloz...
¡Ay! ¡no saben que dentro del alma
existe un vacío do falta el amor!
Volverá el peregrino a su patria,
y a sus lares tal vez volverá,
y hallará por doquier nieve y ruina,
amores perdidos, sepulcros, no más.
Vé, viajero, prosigue tu senda,
extranjero en tu propio país;
deja a otros que canten amores;
los otros que gocen; tú vuelve a partir.
Vé, viajero, no vuelvas el rostro,
que no hay llanto que siga al adiós;
vé, viajero, y ahoga tus penas;
que el mundo se burla de ajeno dolor.
A MI...
Ya no se invoca la musa;
pasó de moda la lira;
ya ningún poeta la usa...
Aún la juventud ilusa
en otras cosas se inspira.
Hoy, si a la imaginación
le exijen que versos dé,
no se invoca al Helicón:
sólo se pide al garçon
una taza de café.
Y, en vez del estro sincero
que al corazón conmovía,
se escribe una poesía
con una pluma de acero,
un chiste y una ironía.
Musa que en mi edad pasada
me inspiraste cariñosa
cantos de amor, ve y reposa.
Hoy necesito una espada,
ríos de oro y acre prosa.
Necesito razonar,
meditar y combatir;
algunas veces llorar,
pues quién mucho quiere amar
mucho tiene que sufrir.
Huyeron los días de calma,
días de alegres amores,
en que bastaban las flores
para consolar al alma
de sus penas y dolores.
Van huyendo, poco a poco,
cuantos amé, de mi lado;
aquél muerto, éste casado,
porque sella cuanto toco
con la desventura el hado.
¡Huye también, musa! ¡Vete!
Busca otra región más pura;
que mi patria te promete
por laureles el grillete
por templo cárcel obscura.
Que si es infame e impío
oprimir a la verdad,
¿No fuera en mí desvarío
detenerte al lado mío
privada de libertad?
Y ¿a qué cantar, cuando llama
a serio estudio el Destino,
cuando la tempestad brama,
cuando a sus hijos reclama
ronco el pueblo filipino?
¿Y a qué cantar, si mi canto
ha de resonar a llanto
que a nadie conmoverá?
¿Si del ajeno quebranto
el mundo cansado está?
¿A qué, cuando entre el gentío
que me critica y maltrata,
seca el alma, el labio frío,
no hay un corazón que lata
con los latidos del mío?
Deja dormir en la sima
del olvido cuanto siento.
¡Bien está allí! Que el aliento
no lo mezcle con la rima
que se evapora en el viento.
Como duermen de los mares
los monstruos en el abismo
deja dormir mis pesares,
mis caprichos, mis cantares,
sepultados en mí mismo.
Yo bien sé que tus favores
sólo puedes prodigar
en esa edad de las flores,
de los primeros amores
sin nubes y sin pesar.
Muchos años han pasado
desde que con beso ardiente
has abrasado mi frente...
Aquel beso se ha enfriado
y hasta lo tengo olvidado.
Mas, antes que partas, dí,
dí que a tu acento sublime
siempre ha respondido en mí
un canto para el que gime
y un reto para el que oprime.
Mas tú vendrás inspiración sagrada,
de nuevo a caldear mi fantasía
cuando mustia la fé, rota la espada,
morir no pueda por la patria mía...
Tú me darás la cítara enlutada
con las cuerdas que vibran la elegía,
para endulzar de mi nación las penas
y el ruído amortiguar de sus cadenas.
Y si el tiempo con el laurel corona
nuestros esfuerzos, y mi patria amada
surge cual reina de la ardiente zona,
blanca perla del fango, redimida,
entonces vuelve y con vigor entona
el himno sacro de la nueva vida,
que nosotros el coro cantaremos
aún cuando en el sepulcro descansemos.
A LAS FLORES DE HEIDELBERG
¡Id a mi patria, id extranjeras flores
sembradas del viajero en el camino,
y bajo su azul cielo,
que guarda mis amores,
contad del peregrino
la fé que alienta por su patrio suelo!
Id y decid...; decid que cuando el alba
vuestro cáliz abrió por vez primera,
cabe el Neckar helado,
le vísteis silencioso a vuestro lado
pensando en su constante primavera.
Decid que cuando el alba,
que roba vuestro aroma,
cantos de amor jugando os susurraba,
él también murmuraba
cantos de amor en su natal idioma;
que cuando el sol la cumbre
del Koenigsthul en la mañana dora
y con su tibia lumbre
anima el valle, el bosque y la espesura,
saluda en ese sol, aún en su aurora,
al que en su patria en su cenit fulgura.
Y contad aquel día
cuando os cojía al borde del sendero,
entre las ruinas del feudal castillo
orilla al Neckar o en la selva umbría.
Contad lo que os decía,
cuando, con gran cuidado,
entre las páginas de un libro usado
vuestras flexibles hojas oprimía.
Llevad, llevad ¡oh flores!
amor a mis amores
paz a mi país y a su fecunda tierra,
fé a sus hombres, virtud a sus mujeres,
salud a dulces seres
que el paternal sagrado hogar encierra...
Cuando toquéis la playa,
el beso que os imprimo
depositadlo en alas de la brisa,
porque con ella vaya,
y bese cuando adoro, amo y estimo.
Mas ¡ay! llegaréis, flores,
conservaréis, quizás, vuestros colores;
pero lejos del patrio, heroico suelo,
a quién debeis la vida
perderéis los olores;
que aroma es alma, y no abandona el cielo
cuya luz viera en su nacer, ni olvida.