Hasta el saloncillo alfombrado, caldeado por las estufas de gas, el recuerdo de aquel hombre huyendo á través de la noche y de la pobre muerta con sus carnes yertas anegadas en sangre, penetró como una corriente de aire frío...
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Era una tarde de invierno; sobre las orillas del Manzanares la noche derramaba tristeza infinita, los árboles enderezaban sus ramas escuetas hacia el cielo gris; por una parte, cerrando el horizonte, aparecían la Puerta de Toledo y Madrid, con sus millares de cúpulas y de tejados perdidos bajo la niebla; en el silencio de los campos, como voz misteriosa de aquella naturaleza agonizante, resonaban las vibraciones lentas de una campana.
A la izquierda del puente, junto á un camino húmedo por donde los chirriones pasan dejando surcos profundos, está el Depósito de cadáveres: una casita blanca muy triste, con paredes renegridas por el polvo y la lluvia, que huelen á muerto.
Aquella tarde, casi á la misma hora, llegaron al Depósito dos coches con portezuelas blasonadas; después, otros dos, luego otro... Y de aquellos vehículos bajaban caballeros graves, metidos en largas levitas abrochadas: el general X., el vizconde Z. y el barón K...
—¡Usted por aquí... don Juan!
—¡Y usted, don Luis!... ¡Qué casualidad!
—¡Hola, general!
—¿Viene usted á ver á la pobre Felisa?
—Sí... la curiosidad...