—Pues, entremos.

—Pase usted.

—No, usted.

—¡Oh, muchas gracias; es igual!...

Y, con el sombrero en la mano, todos aquellos viejos libertinos, hipócritas, iban entrando, andando de puntillas, alargando el cuello, reconcentrando una mirada estúpida de terror sobre aquel cuerpo que habían ungido con sus besos, recordando con cierta vergüenza que toda aquella pobre carne había pasado bajo sus labios...

Felisa, echada boca arriba sobre una mesa de mármol, mostrando su cuello ensangrentado, parecía escucharles. La luz que caía de un alto ventanal, bañaba su rostro lívido, proyectando sobre la pared húmeda, cubierta de verdina, un perfil inmóvil...

REMORDIMIENTO
———

—¿Saldrás esta noche?—preguntó Matilde secamente.

—Sí—repuso Adolfo Latorre con aire distraído;—debo ir al Círculo; necesitamos elegir nuevo presidente y varios amigos presentarán mi candidatura...

—¿Y luego, dónde vas?