—Al café.
—¿Y después?
—¡Qué sé yo!
La conversación desmayaba. Matilde, despechada y celosa, miró á su amante de hito en hito, queriendo ofenderle, deseando reñir; y Adolfo, en virtud de misteriosos magnetismos, sentía la intención agresiva de aquellas miradas. Él también experimentaba deseos de disputar, por pasar el rato. Hay momentos en que los amantes antiguos no tienen nada nuevo que decirse, y el mutismo y las miradas interrogadoras del uno, parecen acusaciones dirigidas á la discreción y cariño del otro; entonces conviene hablar para romper el encanto siniestro del silencio: en amor hay silencios más ofensivos que una bofetada.
Estaban concluyendo de cenar; la criada acababa de marcharse después de servir el café; la lámpara suspendida en el comedio de la habitación recortaba un círculo luminoso sobre la mesa, con sus botellas de vino á medio vaciar, sus platos sucios y sus copas que los labios mancharon de grasa. Adolfo y Matilde continuaron hablando, excitándose mutuamente á la pelea, poniendo cada vez más acrimonia y torcida intención en sus palabras: con la diferencia que ella disputaba de buena fe, y él frívolamente, por decir algo y no aburrirse.
—¿Por qué—preguntó Matilde,—cuando salgas del Círculo no vuelves aquí?
—Porque saldré muy tarde y á esas horas no hay tranvías. Supongo que no querrás traerme á pie...
—Hace dos años venías todas las noches, sin que la distancia, ni el frío, ni la nieve, te importasen un ardite.
—¡Tú lo has dicho!—exclamó Latorre riendo;—¡hace dos años!
Ella levantó la cabeza bruscamente; sus mejillas palidecieron hasta la lividez; en sus ojos grandes y negros chispeaba el rencor. Adolfo Latorre sostuvo impasible aquella mirada, lancinante y fría como un saetazo. De pronto la joven, obedeciendo á un indomable movimiento impulsivo de todos sus nervios, se levantó, derribando su taza de café.