—Según eso—gritó,—creo que debemos concluir.
Estaba erguida, con una mano apoyada sobre la mesa y el ceño adusto, en la actitud de una reina absoluta que da órdenes. Adolfo, molestado por aquella acometividad, repuso fríamente:
—Como gustes.
—¿No te importa reñir conmigo?
—Sí, me importa... y hasta lo siento. Pero no olvides que, cuando más, lo siento tanto como tú.
—¿Qué quieres decir?
—Que si tienes valor para despedirme... ¿cómo han de faltarme bríos para dejarte?
—Acaso no tardes en arrepentirte de haber hablado así.
—¡Oh!, si no retiras tus desdenes, yo... ¡créelo!... no retiro los míos.
Matilde sintió que el dolor y la ira arrasaban sus ojos en lágrimas y dió media vuelta para marcharse.