—Adiós—dijo.
—Adiós—repuso Latorre;—¿hasta cuándo?
Ella tuvo un momento de vacilación: luego murmuró:
—Hasta nunca.
Y se fué.
Adolfo permaneció inmóvil, estrujando nerviosamente una servilleta entre sus manos, reconociendo que las palabras de Matilde habían mortificado bastante su amor propio de hombre que se cree muy querido. Después se levantó, salió del comedor y fué al recibimiento en busca de su sombrero. Al pasar por delante del dormitorio de Matilde, oyó llorar á ésta. La puerta de la habitación estaba cerrada; Adolfo acercó los labios á la cerradura.
—Me voy...—dijo.—¿Quieres que hagamos las paces?...
Ella replicó colérica, dando firmeza á su, voz:
—No, hemos concluído. ¡Vete!
—¿Para siempre?