—Sí, para siempre... ¡Adiós!...

—¡Tú lo quisiste!—repuso Latorre;—acaso no pueda vivir sin ti, pero, no importa; adiós... ¡hasta nunca!...

Después mientras bajaba la escalera encendiendo un cigarrillo con aire tranquilo, pensó:

—¡Bah, cosas de mujeres! Estoy seguro de que mañana viene á buscarme para que almorcemos juntos...

Aquella noche de Agosto la pasó Adolfo Latorre muy alegremente: primero en los jardines del Buen Retiro, después en Fornos, cenando con amigos de buen humor. Volvió á su casa á las tres de la madrugada. Entretanto la pobre Matilde, transida de dolor, le había escrito una carta que empezaba diciendo:

«Perdona mis arrebatos; estoy loca, no puedo vivir sin ti...»

Al llegar á su casa, Adolfo Latorre se puso en mangas de camisa y salió al balcón: el calor era sofocante; bajo un cielo acribillado de estrellas, Madrid dormía el sueño letárgico de las noches estivales: en el fondo de la calle que avanzaba en zig-zag, algunos faroles parpadeaban, ejerciendo sobre Latorre atracción siniestra. Era inexplicable el hechizo que tenían las piedras del regajo, vistas desde la altura de aquel piso tercero. Adolfo, algo mareado por los vapores de la cena, permanecía acodado sobre la barandilla del balcón, é inconscientemente iba adelantando el busto más y más... como atraído por un imán diabólico. De pronto perdió el equilibrio y cayó al espacio, haciendo una contorsión trágica. Su cuerpo fué á estrellarse sobre las piedras de la acera con un ruido seco; el sereno y algunos transeúntes que acudieron á socorrerle le hallaron inmóvil, con el cráneo deshecho...

Al día siguiente los periódicos publicaron el sangriento fin de Adolfo Latorre bajo el epígrafe: El suicidio de anoche. Para el público aquella noticia no tenía importancia y la olvidó pronto; Latorre era uno de tantos desdichados que se suicidan sin decir por qué...

La desesperación, en cambio, de Matilde, no tuvo limites.

—«¡Yo le maté!...»—pensó.