Un remordimiento sombrío embargó su alma; horrorizada de sí misma renunció al mundo, vistió de luto y gastó su hacienda en obras caritativas.

Pasaron veinte años.

Un día los guardas del cementerio la encontraron muerta, sobre la tumba de Adolfo Latorre, con un ramito de flores en la mano...

NOCHE
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La locomotora lanzó un silbido autoritario y el tren echó á rodar cachazudamente, estremeciéndose con un sacudimiento lento y suave, como un desperezo; luego aceleró su marcha, los coches pasaron veloces unos tras otros, con sus ventanillas iluminadas, por las cuales se abocetaban perfiles borrosos de viajeros, y al fin el expreso desapareció en su vuelta del camino derramando esa tristeza indefinible que deja tras sí todo lo que huye...

Allá lejos, sepultada en la inmensidad tenebrosa de la noche, quedaba la estación con sus cuatro paredes renegridas por el humo de las máquinas, su flaca techumbre de pizarra y su miserable andén de apeadero provinciano, iluminado por una linterna colgada junto á un reloj.

Dentro, en el saloncillo destinado á la carga y descarga de los equipajes, había un hombre y una mujer. Ella, acurrucada contra el muro, entre un maletín de viaje y un lío de ropas, permanecía inmóvil, el rostro inclinado sobre el pecho, procurando conciliar el sueño: él, menos fatigado ó más impaciente, paseaba de un extremo á otro, con las manos metidas en los bolsillos de un viejo gabán que casi le llegaba á los talones. Al otro extremo del salón, un empleado dormitaba embozado en su bufanda. Fuera resonaban los silbidos del viento y el murmujeo de los árboles que agitaban en la sombra sus ramas escuetas.

De pronto el individuo del gabán interrumpió sus paseos parándose delante de la mujer que dormía.