—¿Sabe usted—dijo—á qué hora pasa la diligencia para Almería?

Ella levantó la cabeza: era una vieja con un semblante que acaso fué hermoso, pero que los años estropearon, dejándolo marchito y enjuto como un bagazo.

—Creo—repuso—que sale de aquí á las cinco. La diligencia que yo he de tomar parte á la misma hora.

El no contestó y reanudó su paseo, andando á largas zancadas, pisando recio para ahuyentar el frío que le atería los pies. Era un viejo de mediana estatura, con rostro simpático y un continente imperativo y desembarazado de gran señor, que parecían protestar de la horrible estrechez que acusaban la raridad y el mal pelaje de sus vestidos.

Pasaron algunos minutos y el desconocido tornó á prender la hebra con la viajera. Hablaban lentamente, como á la fuerza, cual si de todos los males que sufrían el de la conversación fuese el menor. El iba á Lucainena de las Torres; ella á Lubrín.

—¿De dónde viene usted?—preguntó la vieja.

—De Buenos Aires.

—Allí he vivido yo algunos años... Ahora vengo de Madrid... He viajado mucho...

—Yo, también.

Hablando, hablando, vinieron en conocimiento de que la suerte les había llevado casi por los mismos derroteros: los dos estuvieron en París, en Londres y en América... y aquellas coincidencias provocaron entre ellos una repentina corriente simpática.