—En la fecha á que usted se refiere—decía él—yo trabajaba en el teatro Español con don José Roldán.

Ella lanzó un grito de sorpresa.

—¡Cómo!—exclamó—¿usted conocía á Pepe?

—Muchísimo; fué mi maestro.

—¿Y á Rosario Molina?

—También. ¡Pobrecita!... Murió estando yo en París...

La viajera se había levantado y miraba á su interlocutor azorada.

—Claro es—dijo tras una breve pausa,—que si conoció usted á Rosario, conocería también á su íntimo amigo Daniel Santana, el pintor...

—¿Cómo no?...—interrumpió el anciano admirado de que aquella vieja tan mal traída por la suerte le hablase de tantas personalidades ilustres;—Daniel y yo nos quisimos como hermanos...

Contempláronse perplejos, agradeciéndose el inesperado bienestar y suave contento que mútuamente se proporcionaban.