—Indudablemente—exclamó ella,—nosotros nos conocemos; usted se llama...

—Mariano Guzmán.

—¡Mariano Guzmán!—repitió la anciana cruzando las manos;—¡oh, sí!... Hemos hablado muchas veces en el estudio de Daniel... Mas... ¿cómo conocerle á usted después de tantos años?

Le miraba maravillándose de encontrarle en aquel sitio y tan viejo, con su gabán raído y salpicado de manchas, sus zapatos desgobernados y su rostro de hombre muy vivido, macilento y triste... El la observaba también adivinando sus pensamientos.

—¿Y usted—preguntó—quién es?...

—Elisa Marcial, la modelo que tuvo Daniel para sus cuadros Safo y Venus dormida, premiados con medalla de oro en la Exposición de París...

Poseído de verdadera emoción, Mariano Guzmán se aproximó á su interlocutora para examinarla mejor.

—¡Elisa, Elisa!—repetía;—¡ah, que cambiada está usted!... ¡Usted es la mujer más hermosa que he conocido!...

Hablando así la cogió familiarmente por los hombros, admirado de verla tan vieja, con su frente rugosa, sus ojos hundidos y su semblante alargado y marchito por el sufrimiento...

—No hable usted, Mariano—repuso ella en voz baja,—de mi antigua belleza, ya que ahora sólo soy la caricatura lamentable de lo que fuí: los años crueles trocaron mi gentileza en fealdad, mis ilusiones en desencantos, y en miseria mi fastuosa opulencia de otros tiempos. ¡Oh!... de Elisa Marcial ya no resta nada, nada... ¡Ni el recuerdo!