El viejo actor alzó los hombros.

—¡Ni un recuerdo!—murmuró;—dice usted bien... ¡Tampoco se acuerda nadie de mí!...

Continuaron hablando, repitiendo nombres de camaradas muertos y evocando sus efímeros triunfos de viejos ídolos abandonados.

Sin hogar, sin familia, sin otra esperanza que la de hallar en sus pueblos algún pariente que les amparase hasta que viniese para su desvalida vejez la hora del eterno descanso, olvidaban su porvenir hambriento y desnudo para mejor evocar aquel pasado luminoso, tan fértil en aventuras y en ilusiones, que llenaba su vida.

Mariano Guzmán, cuyo nombre figuró en las páginas más brillantes de nuestro teatro, era una especie de dios caído. Hubo un tiempo en que la fortuna le acarició y encumbró como á hijo predilecto; los mejores dramas fueron estrenados por él; los actores imitaban sus actitudes, su voz, sus gestos, y rindió á muchas mujeres prendadas de su gallarda apostura y altos merecimientos artísticos... Después, la estrella de sus aventuras empezó á eclipsarse: vinieron los disgustos con compañeros poderosos que le envidiaban, las malas contratas, las excursiones provincianas que tanto gastan y achabacanan á los buenos artistas, los viajes á América, los amores desgraciados que exprimen el alma... Insensiblemente fué quedándose sin figura, sin memoria y sin voz; ya no hallaba aquellas exaltaciones trágicas, aquellos gestos sublimes conque antaño vencía la silenciosa hostilidad de las muchedumbres; su genio declinaba. Cuando regresó á Madrid, el público no quiso reconocerle y tuvo que marcharse. Desde entonces, la vida fué para Mariano Guzmán el descenso humillante de un Calvario interminable; siempre rodando de un lado á otro, siempre bajando; hoy un poquito, mañana un poco más... Y al fin, cansado de tan largo combate, sin dinero, sin hijos, volvía al miserable pueblecillo de donde cincuenta años antes le sacó su ambición, con la vaga esperanza de hallar un hermano labrador á quien nunca había escrito...

Mientras el anciano hablaba, su interlocutora hacía con la cabeza signos melancólicos de asentimiento.

Ella también había luchado y contribuído eficazmente á la elaboración de muchas preclaras reputaciones artísticas.

Elisa Marcial fué una de las mujeres más hermosas de su época: la copia de los cuadros que su guapeza inspiró se vendieron á millares, y no hubo aficionado para quien el cuerpo de la célebre modelo tuviese secretos: arrogante y esbelta como la Duval, de Gérome; voluptuosa y sensual como aquella Adriana, que el genio de Rallí ha legado desnuda á la posteridad: con sus hombros redondos, sus pechos duros de virgen salvaje, su talle anillado y sus caderas amplias y mórbidas de mujer ardiente... Elisa recorrió las principales ciudades europeas, luego fué á América, en brazos de un millonario brasileño, y cuando regresó á Madrid, muchos años después, comprendió que la brillante novela de sus triunfos terminaba.

Había menos luz en sus ojos cansados, menos frescura en sus labios, menos gallardía en su cuerpo. Varios de sus amantes eran muertos; otros la trataban con cierto aire de compasiva protección, como á una vieja amiga con quien sólo puede hablarse de lo pasado; algunos, cuando la encontraban en la calle, miraban á otra parte, esquivando el trabajo inútil de saludar á una mujer fea...

—El tiempo—agregó Elisa Marcial—había dispersado la alegre comparsa de mis amigos y era inútil querer reconquistarles. En ese Madrid, testigo de mis triunfos gloriosos, quise morir; pero la miseria no me permite satisfacer este último capricho y regreso á mi pueblo, donde me espera una sobrina de quien guardo algunas cartas...