No dijo más y aquellos dos náufragos ilustres á quien el espantoso vendaval de la vida arrojaba sobre la misma playa, se contemplaron en silencio; un silencio elocuente, lleno de confesiones. Después, él preguntó:
—¿No tiene usted hijos?
—No.
—Yo tampoco...
Sus amores, como sus triunfos artísticos, fueron estériles. Aquello parecía una maldición.
—No nos queda nada—agregó Guzmán;—nada... ¡Ni siquiera un hijo que nos recuerde!
Permanecieron mudos, pensando en aquel Madrid lejano que aplaudió sus victorias y encumbramientos, y que al verles viejos les arrojaba lejos de sí. Los escritores pueden holgarse de haber compuesto un libro que perpetúe su nombre; pero, ¿qué resta de los actores muertos, y qué de las modelos á quienes el tiempo privó de encantos?
—Todo ha concluído para nosotros—murmuró Guzmán.
—¡Todo—repitió Elisa!
Hablando así, aquella mujer á quien un millonario brasileño sedujo en París envolviéndola en pieles de marta, tiritaba bajo sus viejos vestidos agujereados. De repente se oyó ruido de caballos y de coches que se acercaban.