—Ahí están las diligencias—dijo el actor,—vámonos.

Y salieron. En la penumbra indecisa del amanecer aparecía la carretera que se alejaba serpeando hacia el horizonte neblinoso. A la izquierda quedaba la vía férrea sepultada entre dos ribazos, semejante al cauce de un enorme torrente seco. Las diligencias sólo se detenían allí algunos instantes, los indispensables para recoger las cartas que hubiese. Los dos ancianos se contemplaron con angustia, deplorando separarse después de haber reverdecido tantos recuerdos. Sin embargo, era preciso.

—Adiós, Mariano—dijo ella,—hasta otra vez...

Sus ojos brillaban cubiertos por un velo de lágrimas. El apretó convulsivamente entre sus manos la mano flaca y yerta de su interlocutora y se alejó sin responder, avergonzado de que le viesen llorar. Cada uno parecía llevarse el pasado del otro. Cuando las diligencias partieron en opuestas direcciones, los dos viejecitos, asomados á las ventanillas de sus vehículos, agitaron sus pañuelos dándose el último adiós, dejando tras sí esa melancolía inexplicable de todo lo que huye...

LO INCONFESABLE
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Fué una de esas conversaciones inolvidables, vibrantes, casi trágicas, que la emoción parece grabar en la memoria á golpe de martillo y de cincel.

Hablaban de amor; de los que se casan por cariño ó por interés, de los hombres que traicionan á sus mujeres, de las esposas que burlan á sus maridos... Esta última variante del diálogo sugestionó la atención de Luis; su turbulento corazón enamorado y celoso fué exaltándose, y tras algunas pleguerías y circunloquios retóricos, que procuraron velar la salvaje vehemencia de los sentimientos, exclamó:

—Dime, ¿tú serías capaz de engañarme?

Ella, riendo, le echó los brazos al cuello.

—¡Yo! ¿Engañarte yo?...—exclamó;—¿has perdido el juicio?...