Fernando.—(Vivamente emocionado.) ¡Ah, qué impaciencia tan cruel!... Si yo estudiase metafísica, para representarme el concepto de eternidad evocaría la duración de las horas que vivo sin ti.
(Se dan las manos.)
E.—(Mirando á todas partes.) No hay nadie.
F.—(Mirando también.) Nadie.
E.—Toma mis labios.
(Se besan y caminan silenciosos bajo los árboles del paseo. Van cogidos del brazo, los hombros juntos; sus pies moviéndose acompasadamente, imprimen á sus cuerpos enamorados el mismo ritmo.)
F.—(Despertando bajo el recuerdo de la realidad, amenazadora siempre.) ¿Y tu marido?
E.—En la Audiencia.
F.—¡Batallando, según costumbre, por enviar gente á presidio!
E.—No sé. Damián es un hombre terrible que, como las cadenas, parece fabricado exclusivamente para sujetar... para oprimir... Dominar es su ley; el deber frío y anguloso, su Dios: por vencerlo todo, creo que ha sofocado el natural amor á sí mismo; ¡no se ama!... (Con volubilidad.) Después de almorzar me fingí enferma, para quedarme sola.—«Bien—replicó él;—te acompañaré.» Fué morir; Pasaban las horas lentamente; yo pensaba en ti, en nuestra cita de esta tarde, que iba á fracasar... ¡Qué martirio! (Fernando escucha acariciando entre sus manos una de las enguantadas manecitas de la joven. Ella continúa.) De pronto salí del gabinete y momentos después reaparecí diciendo que hallándome mejor, necesitaba salir.—¿Dónde?—preguntó mi tirano.—A hacer algunas compras—repuse;—no hay manteles; además, á la doncella le prometí ayer una blusa y debo cumplir lo ofrecido.—Mejor sería—contestó,—que te vistieras bien y fueses á visitar á la vizcondesita Matilde, que está enferma. ¡Debemos cumplir con todo el mundo!... Acepté la proposición haciendo grandes esfuerzos para disimular mi alegría: aquel era un feliz pretexto que me facilitaba una hora más de libertad que dedicarte, mejor y más hermosa para mí, que un rayo de luz. En un santiamén me puse mi mejor traje y volví al gabinete; Damián, al verme se levantó.—«Vaya—dijo,—hoy, para mí, es día de asueto; te acompaño.» ¿Cómo rechazarle? Humillé la cabeza y eché á andar con la sombría resignación del que camina hacia el patíbulo. Cuando llegábamos al recibimiento, vibró el timbre de la escalera; abro la puerta... ¡Era un ordenanza que traía... no sé qué papelotes de la Audiencia! Un asunto urgentísimo.