F.—La causa de algún desgraciado á quién el Código tendrá deseos de apretar el cuello...

E.—Probablemente. Mas... ¡en fin!... gracias á eso, sea lo que fuere, estoy aquí. Es una entrevista que tal vez cueste una libertad, cuando no una cabeza.

(Vuelven á besarse. Caminan pausadamente, cambiando saludos distraídos con algunos obreros que vuelven del trabajo. En la línea sinuosa y más distante del paisaje aparece Madrid, recortándose bajo el cielo entristecido por los reflejos crepusculares.)

F.—Te quiero.

E.—No más que yo á ti.

F.—(Enternecido.) ¡Carne de mi alma!

E.—(Con arrebato.) ¡Alma de mi cuerpo!...

F.—Dame tus labios otra vez.

E.—Tómalos. ¿No son tuyos?... ¿A qué me los pides?...

F.—(Rodeándola el talle con un brazo.) ¡Oh!... ¡qué adormecedora, qué dulce es la canción de los amores!... ¡Cómo pesa sobre los párpados, con qué arpegios de ensueño roza los oídos!... Y simultáneamente penetra hasta mis tuétanos y calofría mi espalda con la suave caricia del terciopelo.