E.—¡Fernando... (Entorna los párpados y su cabeza mareada por la rara espuma del contento, busca sobre el hombro del amante un punto de apoyo.)
F.—Habla... necesito oirte... dí algo... arrúllame...
E.—(Sin abrir los ojos.) ¿Qué quieres que diga?
Sus cuerpos, estrechamente unidos, tropiezan al andar, produciéndoles una á modo de trepidación carnal que les calofría de pies á cabeza. Caminan lánguidamente; diríase que la tierra benévola les atrae, incitándoles á caer de rodillas; al llegar á cierto paraje solitario, bajo un grupo de árboles, Eulalia y Fernando se detienen.
F.—¿Quieres?... (En voz muy baja.)
E.—¿Aquí?
F.—Sí. Sentémonos.
E.—¡Oh, es imposible!
F.—¿Por qué?... Estamos solos.
E.—Sí, pero... ¿y mi traje?