F.—Extenderé sobre el suelo mi pañuelo para que no te manches.

E.—No basta. Y, mira... el piso está enfangado.

F.—(Pensativo.) Es cierto.

E.—Seamos juiciosos.

F.—¿Qué remedio?...

(Se contemplan mezclando sus alientos, mirándose á los ojos ávidamente, con el vientre y las rodillas y los pies unidos.)

E.—(Deseando tranquilizar á su amante.) Mira, cómo vengo.

(Le enseña sus botas de tafilete, su magnífico traje de seda color salmón, su largo gabán de finísimo paño.)

F.—(Extasiado.) ¡Como una reina! (Pausa.) Y, sin embargo... perder estos instantes... es un crimen.

E.—Ya lo sé, rey; pero, ¿qué quieres?... La fatalidad...