F.—Pronto nos separaremos y... ¿quién podrá consolarnos mañana de la hora feliz que hoy desaprovechamos?...
E.—(Languideciendo.) Déjame.
F.—El peinado que se deshace, como el sombrero ó el traje que se ensucian, constituyen pequeñas desgracias, fácilmente remediables; pero, ¿cuándo ni dónde rescataremos las dulzuras de un feliz momento perdido?... Dime; ¿en qué bazar podrían los pobres viejos desencantados, comprar los millares de horas negras en que no amaron?... Ven, ven... el placer como la alegría, duran poco.
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Han pasado treinta años; Fernando ha muerto. Eulalia que, como todos los viejos, comprende mejor que antes el gran valimiento de la vida, conserva entre sus más preciosos recuerdos la imagen de aquella tarde otoñal, húmeda y callada, en que dió noventa duros por un rato de amor. ¡El amor!... Lo que no se compra...
LO HORRIBLE
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Beltrán empujó la puerta suavemente y entró: era un mozo membrudo, con las manos y el rostro atezados por el calor de la fragua; vestía blusa azul y pantalón de pana; las botas eran de punta cuadrada, grandes y sólidas; tenía la mandíbula inferior ancha, el cuello grueso; bajo las cejas, sus ojos duros de perdonavidas miraban con insolencia y desvío.
Al oirle Matilde, su hermana, que parecía meditar junto á la mesa, á la luz de un quinqué, volvió la cabeza. Beltrán preguntó:
—¿Quién ha venido?
—Don José.