—¡Don José!... ¿Qué quería?

—Nada... saber cómo estaba padre: ni siquiera se sentó; no pasó de la puerta.

Beltrán clavó en la joven una larga mirada desconfiada y cruel; luego dijo:

—¿Y padre?

—Peor; apenas puede respirar.

El mozo levantó la cortinilla que cubría una puerta y quedóse inmóvil, abismando sus ojos en un dormitorio estrecho y obscuro dentro del cual resonaba rítmicamente el angustioso jadeo de un hombre que se ahogaba.

—¿Qué dice el médico? ¿Tiene esperanzas?

—No. Asegura que recurrimos á él demasiado tarde.

Beltrán se mordía los labios; Matilde lloraba en silencio, sin parpadear, como lloran las mujeres acostumbradas á sufrir: tenía el rostro inteligente y pálido, el pelo y los ojos negrísimos: era uno de esos nerviosos tipos meridionales, esclavos de la impresión y del momento, en quienes los ángeles del bien y del mal parecen luchar á brazo partido sobre un puente muy angosto.

—¿Recetó algo?—preguntó el herrero.