—Sí... mira.

Sacó del bolsillo un papel sembrado de signos que Beltrán leyó y releyó sin comprender.

—¿Cuánto costarán estas medicinas?

—Unas... cuatro pesetas.

—¡Cuatro pesetas!...

—¿De dónde sacarlas, hermano?

Y Matilde miraba á su alrededor; las paredes y los suelos desnudos, la casa toda, en fin, ahogándose de miseria y dolor bajo el declive rápido de los techos aboardillados Beltrán miró también, murmurando:

—No sé, no sé...

—Esas medicinas, sin embargo, hay que comprarlas en seguida, á todo trance.

Aquella receta era para ellos algo santo y precioso, como una promesa. Pero ¿dónde hallar dinero?... Matilde y Beltrán estaban sin trabajo y la enfermedad de su padre agotó sus pequeños ahorros; en pocas semanas todo fué saliendo camino de la prendería ó de la casa de préstamos; fué una venta infamante, vergonzosa, triste, como la venta de huesos humanos.