Beltrán alzóse de hombros; todas las puertas estaban bien cerradas; la miseria había tomado todos los caminos.

—¿Qué piensas?—exclamó Matilde;—¿se te ocurre algo?

—No... nada... ¿y á ti?

—Tampoco, pero es preciso discurrir... pronto... pronto... ¡padre se muere!

—Ya lo sé... ya lo sé... Espera.

Por su memoria desfilaban precipitadamente nombres de vecinos y de amigos: con ninguno debían contar; eran pobres, tan pobres como ellos, y los mejores ya les habían socorrido en diferentes ocasiones. El único que podía ampararles era don José, el propietario, quien, por amor á Matilde, no les presentaba los recibos de inquilinato desde hacía dos meses. Beltrán conocía aquella pasión; y la vergüenza de sus favores, aceptados por él bajo la presión feroz de la miseria, enrojecían su frente. Una idea negra, una especie de noche, nublaba el pensamiento de los hermanos, que veían pasar por entre sombras el hambre y el crimen: Beltrán y Matilde sabían que en los momentos de supremo desamparo los hombres roban, las mujeres se venden...

La joven, más franca que su hermano, preguntó:

—Si recurriésemos á don José...

Beltrán se acercó á ella temblando violentamente, como potro picado del tábano.

—¿Qué has dicho?—gritó;—¿recurrir á don José? ¿Qué es eso?... ¿Has perdido el sentido ó perdiste el honor?... La sola idea de que le hayas insinuado algo me vuelve loco...