La había cogido por un brazo, apretándoselo entre sus dedos como en un torno.
Matilde bajó sus ojos anegados en lágrimas; en el silencio resonaba el isócrono jadeo del moribundo; aquella respiración anhelante de viajero que va muy cansado. Beltrán callaba, comprendiendo que era necesario optar entre el presidio y la mancebía. De pronto se decidió.
—¡Bien está!—dijo;—ya sé qué he de hacer; venga la receta... no perdamos tiempo.
—¿Tardarás?—preguntó Matilde.
—No... volveré pronto... antes de una hora...
Salió precipitadamente, palpándose debajo de la blusa, cerciorándose de que la navaja estaba en su sitio.
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Beltrán anduvo largo rato buscando las calles solitarias; ya no dudaba: robaría, pues era preciso, y hasta se hallaba propicio á hacerlo sin vergüenza ni empacho.
El herrero, recatado en la sombra de una puerta, esperó... esperó...
Los transeúntes eran escasos: todas las circunstancias parecían favorecerle; la calle estaba desierta, los portales cerrados, el sereno dormía en un punto distante.