Al principio, Beltrán juzgaba la lucha inevitable; el asaltado se defendería, pediría socorro y sería necesario taparle la boca, arrojarle al suelo, matarle, tal vez... Luego, según iba apreciando el valimiento y legitimidad de los móviles que le arrastraban á perpetrar aquel despojo, llegó á creer que su conducta era irreprochable y que el primer caballero á quien se dirigiese, no bien supiera de qué se trataba, se apresuraría á favorecerle: todo aquello se le antojaba á Beltrán tan natural, tan noble, tan conmovedor...
De pronto apareció un individuo solo, bien vestido; llevaba botas de charol, iba embozado y caminaba lentamente. Beltrán salió á su encuentro, cruzando la calle: el desconocido se detuvo y miró al herrero, desconfiando.
—Caballero—dijo Beltrán, haciendo con la cabeza un leve saludo;—perdone usted mi atrevimiento... pero... mi padre está agonizando.
El interpelado, ya repuesto, murmuró:
—Dios le ampare, no llevo nada.
Beltrán le miró confuso, y sus mejillas, coloreadas hasta entonces por la vergüenza, palidecieron: había dicho lo más grave, lo más grande, lo más terrible que puede confesar un hijo; que su padre se muere... y el individuo que le oía, lejos de asociarse á su dolor, le escuchaba impasible, encogiéndose de hombros... La ira cegó sus ojos.
—No—gritó,—yo no pido limosna.
—¿Entonces?...
—Quiero que me de usted cinco pesetas que necesito para pagar una receta... ¡Lo quiero... son para salvar á mi padre!
Hablando así, zarandeaba á su interlocutor agarrándole por el embozo; el agredido, irritado por una exigencia que juzgó intolerable, le rechazó vigorosamente.