—¡Ladrón!—murmuró.
Entonces Beltrán se abalanzó sobre su enemigo, procurando derribarle; mas el otro, que era mozo y valiente, le echó los brazos al cuello, mientras procuraba sacar un revólver que sin duda llevaba en el bolsillo trasero del pantalón. Espoleadas por el coraje, las fuerzas de Beltrán se centuplicaron, y cogiendo al desconocido por la cintura, le arrastró hacia un callejón vecino.
—¡Miserable, miserable!—repetía.
El asaltado, viéndose perdido, quiso gritar, pero Beltrán le tapó la boca, y, asiéndole por el cuello, le derribó en tierra: cayó de bruces, los brazos presos bajo los pliegues de la capa. En aquel momento Beltrán oyó ruido de pasos; sin duda venían á prenderle... ¿Qué hacer?... Si huía, su enemigo correría tras él pidiendo socorro... y se vió atado codo con codo, y á su padre muerto, y á su hermana, bonita y en la calle... Fuera de sí, requirió la navaja, y asestó un golpe á su víctima en la nuca, después otro y otro... muchos... para que no hablase; luego registró precipitadamente los bolsillos de su chaleco, cogió una moneda, un duro... ¡uno solo!... y echó á correr desalado.
En el fondo de la calle resonaban voces extrañas que repetían:
—¡A ese... á ese!...
Beltrán corrió mucho tiempo; cuando penetró en una botica llevaba los labios lívidos y cubiertos de espuma; el terror y el cansancio de la lucha y de la fuga, dilataban sus ojos.
—A ver—murmuró;—despácheme usted, en seguida... en seguida...
El boticario dejó el periódico que estaba leyendo y se acercó al mostrador tranquilamente.
—¿Qué es ello?