Se interrumpió bruscamente; parecíale estar diciendo palabras ociosas. ¿No era don Gil su cómplice?
—Pero, ¿es cierto que no sabía usted nada?—agregó.
—Nada, se lo aseguro; no había oído decir nada... ¡Qué desgracia!...
Estaba conmovido. No obstante, casi al mismo tiempo, su compasión se trocó en curiosidad; pero en una curiosidad tan viva, tan impaciente, tan retozona y llena de preguntas, que parecía una alegría. ¿Cómo brotó en su alma aquella suave alacridad?...
—Cuénteme, amigo Toribio—exclamó—, cuénteme cómo esa espantosa desgracia ha sucedido.
—¿Cómo? Muy sencillo; verá usted...
Estirando las piernecillas cuanto podía, para no rezagarse, el hombre pequeñito siguió al muerto.
XVII
Teodoro entreabrió la ventana.
—¿Está bien así, don Juan Manuel?