El diputado aprobó con un gesto. Había pedido la botella del ron y llevaba trasegado de su contenido cerca de la mitad. Sus amigos decían que don Juan Manuel iba aficionándose á la bebida con exceso. Ello perjudicaba á su talento y le quitaba elocuencia en las Cortes. Había engruesado notablemente, y sus mejillas se acaloraban con facilidad. Nunca, sin embargo, su carácter revelóse más expansivo, más fecundo en dicacidades y agudezas; y en sus ojos zarcos, saltones, acuosos, acostumbrados á entornarse voluptuosamente, titilaba una luz optimista.
Aquella tarde de Abril el calor apretaba y la atmósfera del Casino, llena de humo y de sol, llegó á ser irrespirable. Don Juan Manuel, sofocado en el espacio, breve para su vientre, que separaba el diván de la mesa, ordenó á Teodoro abrir la ventana más próxima, y una corriente de aire cruzó el salón como una ráfaga de salud.
Componían la tertulia del diputado, Fernández Parreño, don Niceto y don Luis Olmedilla, don José Erato y don Artemio. Acababan de terminar su partida de tresillo y los lances del juego, por lo mismo que les interesaron y sacudieron mucho, les habían fatigado. Al recogerse en sí todos halláronse amustiados y sin ideas; cesó con el trajín de los naipes el regocijo de la reunión; el tedio de la ociosidad, el tormento sigiloso, mil veces renovado, de no saber á dónde ir, renacía. Antes de marcharse á cenar aun necesitaban esperar, cuando menos, una hora. ¿Qué hacer hasta entonces?... Y á esta pregunta, en cada alma, respondía el silencio.
Todos habían cambiado de actitud y miraban hacia los balcones, invadidos de cruda claridad. El Casino, á la sazón, estaba callado. Unicamente resonaban las voces de Romualdo y de otros dos individuos que jugaban al billar.
Don Juan Manuel Rubio sacó su petaca y ofreció tabaco á la reunión; todos aceptaron, menos don Niceto.
—Gracias, don Juan; ya sabe usted que no fumo ni bebo alcoholes más que de noche.
La observación era rigurosamente cierta; el juez no bebía ni fumaba mientras el sol alumbrase el horizonte. ¿Por qué alterar aquella costumbre de tantos años? El diputado no insistió.
Dijo don Artemio:
—¿Saben ustedes que el veterinario se ha comprado una corbata?
—Yo, sí—repuso don Elías.