El chiquillo brincó el mostrador y con amable desenfado se acercó á Vicente. Éste le colocó entre sus rodillas y rodeándole el talle con un brazo le cubrió de sonoros besos las mejillas y la frente. Según le tenía así, recostado contra su pecho, preguntó.
—¿Sabe quién soy yo?...
La madre hizo un gesto negativo, cuyo elocuente misterio el niño, por la posición en que se hallaba, no pudo ver. Vicente López parecía sinceramente emocionado:
—¡Pobrecito!—exclamó—tal vez, por ahora, sea mejor así.
El Charro explicó á sus amigos la marcha de sus negocios. Como siempre, continuaba dedicándose á la compra y reventa de animales, pero este tráfico, cada vez estaba peor; las ferias, de año en año, iban desanimándose; escaseaba el dinero y la emigración acarreaba, camino de América, lo mejor de cada pueblo. Suspiró. Realmente, no podía quejarse de la fortuna; trabajaba bastante y había tenido la discreción de no casarse. Sin embargo, él necesitaba y merecía más; hasta entonces había vivido al día, pero el hombre, en cuanto pasa la cuarentena, debe preocuparse de su porvenir.
—Más de una vez—agregó—he determinado marcharme á la Argentina; pero, lo que sucede; ya sabéis: la patria siempre tira de uno, y, por indiferentes que seamos, á última hora nos falta la decisión de irnos.
Rita no le quitaba ojo; hallábale buen mozo todavía y quedamente, en su alma, los viejos recuerdos iban cubriéndose de nuevos verdores. ¡Le había querido tanto! Al eco de la voz adorada sentía renacer lances y mirajes insensatos de pasión. Sus manos, especialmente, sus manos de chalán, fuertes y velludas, que tantas veces cayeron sobre ella iracundas, la producían singular emoción. En los ojos grises de la mujerona, el pasado, convertido bruscamente en deseo carnal, encendió una luz; su alma vehemente, su alma criminal, parecía alebrarse y ondular de lujuria, como una pantera.
A cada momento la puerta del comercio se abría y entraba un comprador; Rita ó su hermano le atendían y apenas se iba, López reanudaba su plática. Toribio comenzaba á aburrirse de aquella visita cuya finalidad le inquietaba. A la sobretarde, no pudiendo contener su impaciencia, alegó un pretexto para irse á la calle. Dió la mano á Vicente.
—¿Cuándo piensas volver á Salamanca?
—A punto fijo, no lo sé; ello depende de la resolución, más ó menos pronta, de los asuntos que aquí me han traído; de todos modos, nunca será antes de cuatro ó cinco días.