—Entonces, ya nos veremos; y si vas esta noche al Café de la Coja, de nueve en adelante, allí estoy.

No bien Toribio Paredes salió, el Charro, casi de un salto, se acercó al mostrador, y cogiendo á Rita por los hombros la atrajo hacia sí y en los labios y en los ojos la dió muchos y ardorosos besos.

—¡Te quiero!—balbuceaba—¡Si ni un sólo día dejé de acordarme de ti, y ahora, que vuelvo á verte, pienso quererte más que nunca!...

Agradecida, dócil, trémula de emoción, la mujerona no respondió, pero sus párpados se enrojecieron y mojaron en llanto. Prosiguió Vicente, con miedo y prisa:

—Necesito hablarte despacio. Quiero que volvamos á vivir juntos; á mi hijo yo debo criarle.

Sobrecogida por estas declaraciones, Rita se había echado hacia atrás y miraba á su antiguo dueño con ojos relucientes de asombro y de alegría. ¿No deliraba? ¿Era Vicente, por quien tanto había llorado, el que hablaba así?...

Tras una pausa, aquél añadió:

—Si quieres nos casamos, ¿oyes?... Lo pasado, pasado... ¡y nos casamos!... A Toribio no se lo he dicho, pero yo pienso irme á América contigo y con nuestro Deogracias.

Hizo una transición.

—¿De quién es esta tienda?