—Mía y de mi hermano.

—¿La pusísteis á medias?

—Sí, á medias; porque yo, para que lo sepas, tenía un dinero...

El amor dispone del don precioso de infantilizar á los adultos, especialmente á las mujeres. Una jamona, en cuanto se enamora, se vuelve niña. Bajo la mirada zahorí de Vicente, Rita Paredes balbuceaba, se embrollaba, dominada por un repentino deseo de decir la verdad. Afortunadamente el Charro la interrumpió:

—No necesito saber cómo ganaste ese dinero ó quién te lo dió; supongo que sería el señor Frasquito. Ya te dije que lo pasado queda atrás y no debe tocarse. ¿A cuánto asciende ese dinero?

—A dos mil ochocientas pesetas.

—¿Nada más?

—Nada más. ¿Por qué?...

Su voz fue suplicante; imploraba perdón. Súbitamente, ante el hombre amado, había sentido el remordimiento de ser tan pobre.

—¿Y en esa cantidad—prosiguió él—incluyes los géneros que hay en la tienda?