—Sí, todo...

Por sus cejas, violentamente contraídas hacia arriba, pasó una terrible ansiedad. Vicente hizo una mueca de disgusto.

—¡Es poco dinero!... ¡Muy poco dinero!...

Luego, con repentina decisión:

—¡No importa! Con eso y lo mío, tenemos bastante. Iremos á América. Yo no me separo más del chiquillo.

Entre dientes, con humildad de esclava, la mujerona interrogó:

—¿Y mis otros tres hijos?

La respuesta del chalán fue categórica, terminante, como un hachazo.

—¡Ah! ¡Esos no vienen con nosotros! ¡De ninguna manera! ¡Esos se quedan aquí, con su tío!... Comprende que entre nosotros no debe existir nada que nos recuerde lo que yo he sido y lo que tú hayas podido ser.

Aun hablaron más, pero como no les pareciese bastante, para comunicarse con mayor espacio y reposo, acordaron reunirse al día siguiente, á la hora del anochecer, dentro del túnel, por la parte más inmediata al río.