Aquella noche, en sueños, la mujerona habló con don Gil. Dormía tranquilamente cuando comenzó á sentir una inquietud semejante á la producida por el inmediato arribo de una visita; al mismo tiempo vislumbraba dentro de sí una especie de resplandor tenue. Sin lograrlo, varias veces quiso abrir sus párpados soñolientos; al conseguirlo, en pie delante de su cama vió al hombre pequeñito. No le distinguía aún y sabía, sin embargo, que estaba allí. Parecióle más descolorido y minúsculo que otras veces. Un diálogo breve se entabló: imperioso y dictatorial por parte de él; suave, humilde, lleno de condescendencias y vasallaje, por parte de ella.
—Ya sé que Vicente López ha venido á verte.
—Sí, señor.
—Le mandé yo venir.
—¡Ah! No me dijo nada.
—Es que no lo sabe: él cree haber venido por su gusto, pero fue porque yo lo dispuse así.
Rita asintió. ¿Cómo discutir las palabras de su bienhechor? El rostro del hominicaco aparecía ante ella pálido, indeciso, emborronado, al igual de esas viejas fotografías roídas por la luz. Un claror alechigado le envolvía. No pestañeaba. Sus labios, como los labios de las caretas, no se movían al hablar. Prosiguió:
—Vicente López, á quien tanto has amado, quiere llevaros, á ti y á su hijo, á América.
—Sí, señor don Gil.
—Es preciso que le obedezcas. ¿Le obedecerás?