—Sí, don Gil.
—No te ocupes de la tienda: con el dinero que él tiene y los billetes que tú guardas detrás del ropero, lleváis lo necesario para el viaje.
—Bueno, don Gil; lo que usted disponga.
La mujerona experimentó un terror frío, tan agudo, que heló á sus huesos. Por obra de un inexplicable fenómeno telepático, Rita iba adelantándose al pensamiento de su interlocutor de modo que éste aun no articulaba una frase cuando ella, misteriosamente, ya la había oído. Rita sintió que sobre las cabezas inocentes de Pepe, María Luisa y Francisco, el hombre pequeñito echaba una sentencia terrible, y las palabras del enano tenían para ella la fuerza apremiante y sin evasivas, de la fatalidad.
—Para seguir á Vicente—habló don Gil—abandonarás á los tres hijos de Frasquito Miguel. ¿Lo harás?...
Dentro de la madre algo sobrehumano se atrevió á protestar, aunque tímidamente.
—¿Y no les veré ya nunca?
La torturada gimió, doblegándose; su rebeldía expiró bajo la orden inflexible.
—Bien, don Gil.