Volvió á temblar; el acento sibilino del brujo se debilitaba, parecía venir de lo arcano; su turbia imagen no se había movido de allí, y su voz, sin embargo, llegaba de muy lejos, del horizonte, del fondo de la tierra. Los labios inmóviles dispusieron:
—A tus hijos no les dejarás. Es mejor que les mates.
Sollozó la mujerona, y no contestó.
—Yo odiaba á Frasquito Miguel—prosiguió don Gil Tomás—y mi odio no se satisface con su muerte: quiero secar también esos tres retoños de aquel árbol maldito. Además, es mejor matar que abandonar, porque los abandonados sufren, mientras los muertos no sólo no sufren si no que descansan. Rita, ¿obedecerás?...
Ella gimoteaba y se removía convulsivamente. Un instante creyó soñar, pensó que se había acostado del lado izquierdo y que con ambas manos se oprimía el corazón. Pero esta sospecha menos duró que un relámpago. No soñaba, no: el hombre pequeñito, inexorable, inquisidor, continuaba allí.
—Si no me obedeces—agregó Tomás—te perderé, te pondré en manos de la justicia, les diré á los jueces que fuiste tú quien asesinó á Frasquito Miguel.
Después de un silencio, la voz remota, más terrible cuanto más remota, preguntó:
—¿Cumplirás mi mandato?
Rita se ahogaba; algo pesado, duro, frío, como una piedra, oprimía su garganta. Cuando pudo hablar:
—Sí, don Gil—murmuró.