—¿Matarás á tus hijos, Rita?

—Sí, don Gil.

—Pronto, ¿verdad?

—Sí, don Gil.

—¿Y les matarás sin que Vicente lo sepa?

—Sí, don Gil...

La imagen del hombre pequeñito desapareció. La mujerona continuó durmiendo; fué como si el cristal de alguna linterna mágica y espantosa se hubiese apagado.

XXIII

Al siguiente día y á la hora señalada, Rita y el Charro acudieron al túnel. Describía éste un semicírculo que oradaba de Norte á Sur el cerro donde Puertopomares fué edificado. Correspondía la entrada meridional á la estación del ferrocarril, al sereno panorama de los vastos bosques de castañares y acebos, cuya esquiva frondosidad alejábase ondulando al compás de las montañas anebladas y pintadas de azul por la distancia; y la boca norteña, abierta á veinticinco ó treinta metros del puente tendido sobre el Malamula, á la parte más abrupta, encrespada y fragosa. Allí el viento encajonado entre altísimas laderas de granito y basalto, recogía fielmente todos los murmullos del río y de los árboles, los exaltaba en las sonoridades de las rocas, y tableteaba amenazador en la oquedad renegrida del túnel. Sus ráfagas violentísimas, cargadas de estridencias lapidarias, producían bajo la bóveda ecoica fragores idénticos á los de un tren en marcha.

Fué allí donde la mujerona y su amante se vieron, y más de una vez, engañados por los ululeos del aire, se apartaron de la vía y se estrecharon contra las paredes, tiznadas de carbón y rezumantes de agua, creyendo que el correo de Salamanca trasponía el puente.