Comenzó Vicente López la conversación exponiendo los planes que, de tiempo atrás, tenía bien madurados y dispuestos. Si ella estaba resuelta á seguirle no debían desaprovechar momento, pues todo el dinero que gastasen en el transcurso de aquellos días ociosos lo necesitarían luego para el viaje: él regresaría inmediatamente á Salamanca, para retirar los fondos que guardaba en un Banco y concluir algunos asuntos pendientes. Rita, con su hijo, iría á buscarle á La Coruña, donde embarcarían los tres para Buenos Aires.

—Cuando yo salga de Salamanca—agregó—te escribiré dos letras, diciéndotelo. Estáte prevenida porque en todo esto podemos emplear, á lo sumo, un par de semanas.

Llamó la atención de Vicente la mansa prontitud con que su amante aceptaba sus órdenes. Pensaba tener que avasallar graves resistencias y sorprendíale que los deseos de la mujerona se orientasen sin lucha tan á su talante y favor. Repentinamente la duda le mordió. Su espíritu de trujamán, educado en las lides y tretas del engaño, receló de aquella obediencia.

—¿Es que aparentas transigir—exclamó—para alejarme de tu lado sin riñas y luego hacer tu gusto?... Pues te juro que no habías de reirte de mí: por primera providencia, te quitaba el niño; después... ¡ya veríamos!...

La había cogido por los brazos rudamente, como para explicarla con la tortura de su carne la dureza y decisión de su voluntad. Rita Paredes entornó los ojos; hervía su sangre; aquellas manos crueles tenían para ella la voz de fuego del recuerdo.

—No pienso engañarte—repuso—; es que te quiero, Vicente; es que no puedo vivir sin ti; soy tu esclava; es que me dirías «ven», y te seguiría aun que tuviera que ir descalza y pisando sobre brasas...

Toda la ciega vehemencia de su temperamento criminal; todo el odio con que asistió al martirio del señor Frasquito y la perversidad de aquellas exclamaciones caritativas con que embrollaba y explicaba los lamentos de la víctima; todo el execrable horror de su alma egoísta y codiciosa, mudábanse en desapoderada locura sexual. Tremaron sus nervios; su carne lasciva, pareció quemarse, agrietarse, cual si dentro de ella hubiese un incendio; y toda su figura, alta, seca, vibrante, con su rostro lívido nimbado por el halo rútilo de sus cabellos, parecía una llama. El escenario daba al bárbaro abrazo de los amantes un misterio infernal: la enorme tiniebla del sitio, tiznado densamente por el humo de las locomotoras; los rieles bruñidos bajo el vaivén de los trenes, alejándose á ras de tierra en la oscuridad; los gemebundeos del viento; el latir de las gotas de agua desprendidas de la bóveda de la cripta, y que resonaban en el silencio como pisadas duendes...

A las siete menos minutos resonó prepotente, al lado opuesto del río, el silbido del correo que llegaba de Salamanca. Como siempre, la máquina avisaba que iba á hundirse en el monte. El convoy cruzó el puente y se lanzó jadeante por la boca del túnel. Retembló el suelo. Abermejáronse los rieles. Crepitaron los cimientos milenarios del antro con la ráfaga—hierro y fuego—del tren, y ante la linterna roja de la locomotora las tinieblas huían y los muros negros, grietosos, empapados en agua, se tiñeron de sangre. Un instante, desde la altura del ténder y en el huracán de las volutas de humo desesperadamente retorcidas, los maquinistas vislumbraron una mujer y un hombre caídos en la suciedad de hollín de una de las cunetas. No pudieron reconocerles. El tren siguió adelante. Un momento después, amparados bajo la oscuridad de la noche, Vicente y Rita, las manos y los trajes horriblemente manchados de carbón, consumado el pecado original salían del túnel como de un paraíso.

Regresó la mujerona á su casa muy tarde; para no llamar la atención de las personas que la conociesen, al separarse de Vicente había ido al río á lavarse las ropas, y en esta faena empleó cerca de una hora. Sonaban las nueve en el reloj de la iglesia cuando terminó. Su hermano, maliciando lo ocurrido, recibióla con cara y voces de vinagre. El y los niños ya habían cenado.

—¿Piensas volver á las andadas?—gritó—¡Pues no estoy dispuesto á consentirlo! Aquí se hace lo que yo mando.