Rita le miró con frío desdén.

—Esta casa—repuso—es de los dos, y en ella mandamos los dos por igual: ni tú más que yo, ni yo más que tú. Con que... ¡haya paz y callemos todos! Guárdate las uñas si no quieres que yo saque las mías...

Dicho esto con dejo reposado y bravucón, sentóse á cenar; y apenas quedó sola, su cólera se deshizo, como licuada, en una recóndita, inefable y sedante emoción amorosa. Comía maquinalmente. Las imágenes de los ardientes momentos recién vividos, producíanse con tal vigor de verdad en su espíritu, que creía pasar de nuevo por ellos. Vicente López se hallaba á su lado, reconocía diáfanamente el timbre de su voz, y con los ojos del alma veía sus gestos. Según las diversas mutaciones de aquel diálogo interior, la mujer sonreía ó su rostro se revestía de gravedad. A veces, afirmaba; á veces, parecía dudar; á intervalos, también, sentía sobre sus labios los besos y en su carne las manos violentas del Charro. ¡Oh! ¡Cómo había querido á aquel hombre, y cómo le quería aún!... Era el sultán, el dueño. Ella, fuerte y rebelde como un macho, é incapaz de conceder á nadie jefatura sobre su albedrío, reconocía el imperio de Vicente. Ante aquella voluntad, la suya claudicaba. Aunque la despreciase, aunque transcurriesen los años sin saber de él, para su enamorado corazón Vicente López siempre sería «el amo». Terminada su colación, la mujerona se acostó, y, de un tirón, como cuando niña, durmió toda la noche.

Este gratísimo contento duró varios días. Sentada detrás del mostrador, dejaba transcurrir las horas mirando distraídamente hacia la calle. Su espíritu no estaba allí. A ratos asociaba un nombre á las figuras que pasaban de largo ante las vidrieras del comercio, ó se detenían á examinar los escaparates.

—Ahí va don Ignacio—pensaba.

O bien:

—Es don Elías, que vuelve del Casino...

Pero estas ideas según se producían se eclipsaban, y la mujerona tornaba á inmergirse en el recuerdo de su amor, como en un baño. A su lado Toribio y Deogracias se afanaban en servir á los compradores que llegaban, registrando debajo del mostrador, subiéndose por una escalera á los entrepaños superiores de la anaquelería ó descolgando, con auxilio de una percha, los objetos suspendidos del techo.

En el ininterrumpido filar de su soliloquio, Rita Paredes fatalmente volvía una vez y otra á la misma obsesión criminal:

«A los hijos de Frasquito Miguel, necesito matarles. Lo que hice con el padre debo hacer con ellos»...