En la negrura de su discurso estas dos ideas se asociaban fuertemente; no era posible separarlas; el primer crimen explicaba el segundo y hasta lo exigía. A las empresas, para que reditúen los debidos beneficios, es necesario llevarlas á su término y rematarlas bien y sin miedo. ¿Habría conseguido algo el arquitecto que, después de construir una casa, empapelarla, solarla y estucarla, no la techase? Nada, porque un hogar sin techo no es hogar. Y, del mismo modo: ella, que asesinó al señor Frasquito para robarle y vivir cómodamente del producto de lo robado, ¿no perdería el valor ó recompensa de su trabajo si aquel dinero iban comiéndoselo poco á poco los hijos del muerto?...

Perseguida por esta decisión, cada vez más resuelta, Rita procuraba ver á los niños lo menos posible. Cuando alguno se agarraba á sus faldas, la mujerona palidecía y miraba á otro lado; la dulzura de aquellos ojos inocentes, tan candorosos, que parecían asustados, era horrible. Rita Paredes recordaba las órdenes verticales de don Gil; el hombre pequeñito razonaba bien: urgía deshacerse de aquellas criaturas que, más adelante, la importunarían. Don Gil aconsejaba: «Los abandonados sufren, los muertos no». ¡Era cierto! ¿Cómo no reconoció ella antes la certidumbre de tales palabras?... A este pensamiento servía de abono y arrimo la amenaza del brujo: «Si no me obedeces—había dicho don Gil—te llevaré á los Tribunales y los jueces sabrán que tú fuiste quien asesinó á Frasquito Miguel». Hallábase, de consiguiente, colocada en el entronque ó bifurcación de dos caminos: uno, el camino de América, de la vida libre, al lado de su hijo mayor y del único hombre que había amado; el otro era la ruta que guiaba á la perdición, al presidio, quizás á la muerte. ¿Cómo dudar entre ambos?...

La mujerona repetía:

—Esos chiquillos son una maldición para mí; ó ellos ó yo; no hay otro remedio...

Discurriendo así sentía que, hora tras hora, las fuentes, nunca muy caudalosas, de su amor maternal iban secándose, y que todo el odio que profesó al señor Frasquito resurgía ahora con fatales verdores hacia sus hijos.

Cumpliendo disposiciones de don Gil Tomás, Rita nada de esto dijo á su cómplice; el hombre pequeñito lo decretó así, tanto porque de los asuntos graves conviene hablar poco, cuanto de miedo á que López, esquivando las derivaciones ó responsabilidades criminales que tal empresa pudiera ocasionarle, desistiese de ella.

Según don Gil manifestó á Rita, la inesperada reaparición de Vicente en Puertopomares obedecía á insinuaciones suyas. Esta labor, realizada únicamente durante las horas de descanso, fué lenta. En Salamanca los asuntos de López marchaban de mal en peor; de año en año los negocios iban escaseando y las transacciones eran más difíciles. ¿Cómo vivir en un país esquilmado por el fisco y la usura, y donde todos son á vender y nadie compra?... Entonces surgió en el Charro la idea de buscar fuera de su patria la fortuna. Con esta alarma interior, tan propicia á toda suerte de mudanzas, derroteros y aventuras, coincidieron las sigilosas instigaciones del hombre pequeñito. Don Gil, implacable, necesitaba destruir el hogar de los hermanos Paredes y con él la raza del señor Frasquito, pues el odio es tan recia pasión que sólo se aplaca satisfaciéndose en los hijos de la persona aborrecida. Para llevar pronto y á buen desenlace este plan, don Gil solicitó y á corto esfuerzo obtuvo la alianza del Charro.

Varias semanas hacía que éste, allá en la posada salmantina donde tenía su albergue, descansaba mal. Visiones deshilvanadas, heteróclitas, que huían de su memoria apenas despertaba y parecían episodios ó fragmentos de algún gran miraje interior, le desazonaban. Aunque rudo de alcances, el chalán comprendía que una grave adivinación ó presentimiento germinaba en los subsuelos de su espíritu. Como esas enfermedades que, antes de perfilarse claramente, se anuncian con erráticos y variables dolores, de igual manera aquel hondo misterio aparecía y desaparecía tras un torbellino de imágenes inconcluídas y vagabundas. Empero, por estos ocultos caminos, la revelación, laboriosamente, iba preparándose.

Una noche Vicente López soñó con su antigua amante Rita Paredes: la halló más fea, más seca, pero el dolor de sus ojos—dolor de olvido—le impresionó favorablemente. Hablaron: ella lloró mucho, le explicó sus penas, sus errores, y él concluyó acusándose de haberla abandonado. Al despertar, Vicente, dominado aún por el recuerdo de su pesadilla, estaba triste. Las noches sucesivas también soñó con Rita, y tan gayamente renacían los episodios de este viejo amor, que sintió, como un remordimiento, el haberlo perdido. ¿Por qué aquella figura, largo tiempo olvidada, resucitaba así? ¿Qué extraño poder la sacó de la sombra?...

Con zozobra, el Charro pensó: