«¿Habrá muerto Rita?...»
Otra noche soñó que quien había fallecido era Frasquito Miguel, y que Rita Paredes le heredó y estaba rica. Apesar de tal cambio, la voz musitadora de las pesadillas aseguraba á Vicente que su antigua manceba no era feliz y se acordaba siempre de él. Estas figuraciones se repitieron y con los ojos del alma, el Charro vió la tienda de los hermanos Paredes, y á Rita detrás del mostrador, en la actitud grave y triste, actitud de arrepentimiento, de la mujer para quien la vida de las aventuras ha pasado. López comprendió que Rita, asomada al mostrador de su tienda, como á una ventana, le esperaba todavía. Entonces sus propósitos de expatriarse cobraron repentinos bríos, y á ellos se asociaba el deseo de conocer á su hijo. Una idea de lucro, una esperanza de negocio, ligábase solapadamente á esta resurrección sentimental; los apuros económicos con que el Charro tropezaba en su oficio, el genio bondadoso de los sueños los solucionaba, con arte mágico, por las noches: Rita Paredes era rica, y todo aquel dinero, cuyo origen á él no debía importunarle, podía ser suyo.
Tanto creció esta obsesión y en tales gasas de lógica y de entrañable afecto se envolvía, que la conciencia de Vicente barajó y llegó á mezclar las imágenes de sus vigilias con las de sus sueños, explicando las unas por las otras, viviendo como si soñase y tomando sus fantasmagorías por realidades, hasta que determinó trasladarse á Puertopomares y hablar con Rita.
Cuando el Charro enfrontó el comercio de los hermanos Paredes y examinó su puerta de cristales y sus dos vidrieras guarnecidas de juguetes y de ropas, no se sorprendió.
«Todo esto—pensó—lo he visto ya»...
Efectivamente, aquel momento de tiempo y de espacio que tenía delante, lo conocía por haberlo soñado muchas veces. De noche, sin duda, su alma recorrió el mismo itinerario: llegó á la Fonda del Toro Blanco, paseó la calle Larga y se detuvo emocionada, cual si acudiese á una cita, ante el bazar de los Paredes. Tampoco le sorprendieron el aspecto de las anaquelerías, repletas de géneros, ni el maniquí que arrancaba al tonto Ramitas gritos de entusiasmo, ni los objetos que, semejantes á estalactitas, pendían del techo envigado, ni la silueta de su antigua barragana, lívida y rígida, detrás del mostrador. Su conversación con ella y todo lo que luego acaeció, pareciéronle también hechos naturales; y así, cuando después de firmemente unidos y concertados regresó á Salamanca, ni un momento dudó de que Rita Paredes dejara de seguirle.
XXIV
Una tarde, de las últimas de Octubre, llegó á Puertopomares la carta donde Vicente López daba orden á su amante de ponerse en camino.
«Me voy á Coruña esta noche—decía—y en el vapor Carolina, que zarpa de allí el sábado próximo, retendré tres pasajes. No malgastemos tiempo. Recoge tu dinero y para no llamar la atención, sin equipaje, como si fueses á dar un paseo, te vas con el niño á la estación y subes al correo que llega ahí á las siete y cuarenta».
Firmaba el Charro sólo con la inicial de su nombre; y debajo añadía previsoramente: