«Rompe este papel.»
La mujerona leyó y releyó la misiva, escrita en caracteres irregulares y grandes, y dócil al consejo de su amante la rasgó en cuatro pedazos; pero al mismo tiempo cambió de parecer, y entreabriéndose el corpiño guardóse los fragmentos en el pecho. Eran las nueve de la mañana cuando esto ocurría. Toribio no pudo sospechar nada; ni siquiera vió al cartero. Los niños estaban en el colegio. Un alegre sol de otoño llenaba la tienda, bruñía el ancho cristal de los escaparates, coloreaba las mejillas del maniquí, rielaba sobre los objetos de metal—tijeras, cortaplumas, sacacorchos, dedales, cucharas, martillos—puestos en ordenadas ringleras sobre los entrepaños de las anaquelerías. Siempre que un comprador empujaba la puerta vibraba un timbre, y su tantán jocundo, nuncio de ganancias, parecía convertirse en luz. Luego, dentro del cajón donde los Paredes iban echando el importe de la venta del día, las monedas se entrechocaban bulliciosamente y su canción parecía una risa.
A mediodía Toribio necesitó ir á la Estación, á retirar unas mercancías. Esta oportunidad la aprovechó Rita para entrar en su dormitorio y coger los billetes de Banco que escondidos tenía detrás del ropero. En seguida volvió á la tienda. La mujerona desarrollaba un plan absurdo y siniestro que su estrechez mental, empero, juzgaba perfectamente urdido: consistía en deshacerse de los tres hijos del señor Frasquito arrojándoles al paso de un tren, y huir luego con Deogracias. La miserable no vacilaba; la impunidad de su primer crimen la impelía á cometer el segundo, y hasta vislumbraba una especie de venganza, de espantoso símbolo, en que, sobre los mismos rieles donde los vástagos del señor Frasquito quedasen destrozados, huyese ella después, como por una ruta de sangre, en busca de «su hombre» y con el hijo único de «su hombre»...
El tempestuoso curso de estas cavilaciones llevó los ojos de Rita hacia el almanaque colocado junto á la puertecilla de la trastienda. Era martes, día de agorerías y maleficios.
—Martes—repitió mentalmente la Roja—; de aquí al sábado, hay tiempo para todo.
Un impulso ciego, una obsesión infernal, la dominaban. A la puesta del sol, Rita, que durante la tarde estuvo quejándose de dolor de cabeza, invitó á los niños á dar un paseo; aceptaron todos con alardes extremados de alborozo, y ella, cariñosa, les peinó y vistió pulcramente; en los undosos cabellos claros de María Luisa prendió un lindo lazo de seda azul, y accedió á que Paquito, el más pequeño de los tres, estrenase unos zapatitos de charol blanco. La infame cuidaba estos detalles de amor maternal que luego podían defenderla eficazmente, si, contra lo que don Gil había asegurado, necesitaba andar en dimes y diretes con la justicia. Deogracias quiso acompañar á sus hermanos; tenía celos de ellos.
—¿Voy contigo, mamá?
—No; tú te quedas al cuidado de la casa; á tu tío puede ocurrírsele salir y la tienda no debe quedarse sola.
En la calle Larga, Rita Paredes, envuelta en su mantón alfombrado, llevando de la mano á María Luisa y precedida de Pepe y de Francisco, atrajo las miradas de varias vecinas. Algunas, por donaire, la interpelaron:
—¿Va usted á poner escuela, señora Rita?