La mujerona reía con naturalidad.

—Salgo porque me conviene andar; desde esta mañana tengo una jaqueca horrible; quizás me alivie con el ejercicio y el aire.

Y añadía, designando á los niños:

—Los pobrecitos nunca salen y aprovecho la ocasión para darles un buen paseo. Ahora vamos á la Estación y, luego, si hay tiempo, llegaremos al río.

—¿Irá usted por el túnel?

—Eso pensaba.

—Tenga usted cuidado con los trenes.

—Ya lo sé; á ciertas horas no hay peligro.

Al pasar por delante de la botica, don Artemio, que había conocido á Rita cuando ésta encendía en el chopo de su casa el farol de los sucios deseos, sonrió bonachón á la mujerona y obsequió á los chiquillos con caramelos, azúcar cande y pastillas de goma. De bonísima gana hubiese tuteado á Rita, mas no lo hizo porque los ojos, rebosantes de precoz travesura, de Pepe, no cesaban de mirarle. Limitóse á exclamar:

—Mucho cambian los tiempos, Rita.