—Mucho, don Artemio.
—¿Quién iba á decírnoslo entonces, ¿verdad?... Usted, convertida en madre de familia y con una tienda; yo, hecho un carcamal. ¡Cómo ha de ser!...
La mujerona siguió adelante, enfrentó la hostería de don Valentín, y por la Glorieta del Parque tomó el camino Alto de la Estación. El sol, próximo á esconderse, iluminaba de soslayo el paisaje: la torre de la iglesia parecía de oro; los cristales de muchas ventanas rutilaban, como diamantes; una ligera bruma ascendía del valle, lleno de rumores vesperales; bajo la umbría de los árboles y entre los repechos pedregosos y oscuros, la tierra húmeda del camino tenía una amarillez de hoja seca.
Rita avanzaba sola; ante ella, alegres como gozques, corrían los niños. La mujerona iba pensando:
«Son mi maldición; son mi cadena; pero dentro de unos momentos esas cadenas quedarán rotas... y seré libre...»
Personas que volvían de la Estación, la saludaban.
—Buenas tardes, señora Rita.
—Buenas tardes...
Eran Teodoro, el camarero del Casino, y Fermín, el tartanero de la Fonda del Toro Blanco. Luego un grupo de muchachas la alcanzó: iban en él las hijas de doña Virtudes, María Jacinta y su prima Flora.
—¿De paseo, eh, señora Rita?