—De paseo, sí... para que los niños respiren un poco de aire.
—¡Muy bien, hasta luego!...
—Hasta después, adiós...
Las mozas marchaban contentas, presurosas, estremecidas por el ambiente friolero de la tarde. Se encaminaban, según costumbre, á la Estación, á ver pasar el tren. Sus siluetas gráciles, envueltas en telas claras, vibraban armoniosamente en la penumbra crepuscular; y Rita, la miserable, la incestuosa, mientras las veía alejarse, pensaba:
«Todas éstas, si hiciese falta, declararían en mi favor.»
A poco, en vez de llegar á la Estación, Rita Paredes se internó entre los árboles y por un ribazo ella y sus hijos descendieron á la vía del ferrocarril, esquiva y profunda en todo aquel paraje como una torrentera. A un lado bermejeaba la casita de ladrillos de la Estación; al otro aparecía el túnel; delante alzábase el cerro coronado por el caserío, bañado en sol, de Puertopomares; detrás, el bosque cerrado, enigmático, como la noche. Los ojos escrutadores de Rita no vieron á nadie; á su alrededor crecían el silencio, el desamparo, la frialdad, todas las incontables melancolías de la tarde muriente; á lo lejos, dispersos entre la niebla, resonaban gritos de gañanes, ladridos de mastines, vibrar de esquilas. Faltarían minutos para las siete. Acababan de encenderse las luces del andén.
La mujerona llamó á sus hijos.
—¿Queréis que atravesemos el túnel y vayamos al río?...
La proposición de penetrar en aquel orificio negro, muerto, que veían al pie de la montaña, intimidó á los niños. Su primer gesto fue de defensa. Pero en seguida cambiaron de opinión y comenzaron á palmotear. El riesgo atrae á la infancia.
—¡Sí, sí; vamos á verlo, vamos á verlo!—exclamaron á coro.