El túnel era una especie de «coco» para los muchachos de Puertopomares; cuando salían al campo todos recibían de sus madres idéntica recomendación: «No entréis en el túnel, no os acerquéis al túnel...» Como si en aquel agujero, por donde únicamente las máquinas se atrevían á pasar, se hospedase la muerte. Por lo mismo, la ilusión vanidosa de describirlo al día siguiente, en el colegio, enardeció á los chiquillos. Al amparo de su madre nada malo les sucedería; desde el momento en que ésta, tan regañona y dispuesta siempre á contrariar sus gustos, les había dicho: «Vamos por el túnel», es que podían ir. Además, no temían á los trenes; temían á la oscuridad, al silencio de la tierra; y ellos sabían que el silencio no mata y que al otro lado de la montaña volvía á haber luz.
Discurriendo así penetraron bajo la bóveda del antro, fuerte, imponente, como la arcada de un viejo templo. Cogidos de las manos Pepe y Francisco iban de vanguardia; María Luisa caminaba agarrada á las faldas de su madre, primero con una manecita, después con las dos. Lo misterioso del lugar, el latir de las gotas de agua, la tiniebla creciente y el ruido de sus pasos bajo la resonante oquedad de la bóveda, impresionaron y deprimieron el optimismo de los niños, que hablaban alto y se esforzaban en reir, para quitarse el miedo. A cada momento se detenían á mirar hacia atrás, y el semicírculo, bañado en claridad, de la entrada del túnel, les confortaba. Poco á poco, según decrecía la luz, la verbosidad de todos iba menguando; en sus labios el pánico helaba las palabras, y cuando callaban el trajín de sus piececitos sobre la arena les parecía más grande y temeroso. Ya, apenas se veían unos á otros. Paquito, el más chico, experimentó una fuerte congoja; sus piernecillas se agarrotaban.
—Mamá... mamá...—balbuceó.
Su madre repuso:
—Adelante, no tengáis miedo, que voy yo aquí.
Paquito demostró resignarse. Después fué Pepe, el mayor, quien sintiendo en su mano temblar y helarse la de su hermanito, pidió auxilio:
—Mamá, tengo miedo...
Replicó ella con aspereza:
—¡Vamos! Tener miedo... ¡Un hombre! ¿No te da vergüenza? Seguid, seguid adelante, que falta poco.
En aquellos momentos la expresión de Rita Paredes, fatal y vengativa como Medea, era espantosa. Horribles visajes, que la oscuridad impedía ver, desfiguraban su rostro huesudo, torcían sus labios, abrasaban en cólera sus ojos fríos. La miserable pensaba en el tren que, de un instante á otro, debía llegar; según sus cálculos estaba ya muy próximo y esperaba oir su silbido como un grito de alianza. Sus instintos sanguinarios comenzaban á desatarse. Había entrado en el túnel resuelta á salir libre de él, y nada torcería su propósito. Si el tren se retrasaba, ella era capaz de coger á los tres niños y, entre sus brazos y contra su corazón, retenerles á la fuerza, hasta que la muerte pasase.