Continuaron todos andando. Algunos metros más allá la galería se curvaba, y de súbito la oscuridad fué completa. María Luisa rompió á llorar.
—¡Tengo miedo, mamá!... ¡Mamaíta!... ¡Madrecita de mi alma!... ¡Tengo mucho miedo!...
Había en la voz implorante de la niña como un presentimiento de lo que iba á ocurrir. Rita sintió que Pepe y Francisco, á quienes apenas veía, se agarraban empavorecidos á sus rodillas. Entonces la mujerona consideró que aquel paraje fuese quizás el mejor para realizar su intento, y poniendose en cuclillas, de espaldas contra el muro, recogió entre sus brazos á los tres niños. Ante ella, á menos de un metro, los rieles griseaban vagamente. Los muchachos temblaban de frío, de miedo, bajo el enigma de la enorme tiniebla. Apenas podían hablar. Al cabo, Pepe preguntó:
—¿A qué esperamos aquí, mamá?
—A que pase el tren.
—¿Por qué no seguimos? ¿No es mejor seguir?...
—No; porque más adelante el camino se estrecha mucho.
Transcurridos unos instantes habló Paquito:
—Mamá... mamá...
—¿Qué?