—¿Tardará mucho el tren?

—No; tardará poco...

Rita, sin querer, apretaba los dientes.

María Luisa, aliviada en su cuita al sentir sobre las mejillas el calor del pecho materno, había interrumpido su llanto. Los tres hermanos, consolados repentinamente, parecían tranquilos. Francisco volvió á interrogar:

—Mamá... ¿tardará mucho el tren?...

—No, vendrá pronto.

—Bueno...

Aturdida por la oscuridad, María Luisa había perdido la noción del tiempo.

—Cuando salgamos de aquí—dijo—ya será de noche.

Volvieron á callar, penetrados, entumecidos, por la tiniebla húmeda del antro. De pronto, lejos, resonó un silbido agudísimo, y el fragor creciente de algo pesado y tremendo pobló la bóveda de medrosos rumores. Era el correo de Salamanca. Rita, siempre en cuclillas, levantaba la cabeza, los ojos fijos, desorbitados. El tren trasponía el puente con jadeos espantosos. Volvió á silbar; iba á meterse en el túnel. Los niños temblaban, se encogían, mudos de pavor. Unicamente José pudo gritar: