—¡Mamá!... ¡Madrecita!...

Sus brazos buscaban el cuello de la mujerona. Esta, fuera de sí, los labios espumeantes, le mordió en la cara con tal furia, que el muchacho, de miedo y de dolor, perdió los sentidos. En el fondo fuliginoso apareció la roja luz de la locomotora; sobre la inmensidad negra el convoy, negro también, no se distinguía aún. Hubo un tableteo horrísono, una agitación de caos, una especie de epilepsia telúrica: temblaba el suelo, trepidaban, con ensordecedores gemebundeos, los muros; pareció resquebrajarse y saltar en añicos la montaña.

La infanticida entonces, epiléptica y terrible, comenzó á gritar:

—¡Socorro!... ¡¡Socorro!!...

Y empuñando á sus hijos, á los tres, simultáneamente, revueltos unos con otros, les precipitó sobre la vía.

Pasaba el tren, y los cuerpecillos cayeron bajo el espanto de las ruedas. De rodillas, los brazos en alto, en previsión de que algún viajero pudiese reconocerla, la mujerona continuaba pidiendo:

—¡Socorro!... ¡¡Socorro!!...

Luego, sin mantón, los cabellos despeinados, tiznadas las manos, Rita Paredes escapaba del túnel, por el lado del río. Momentos después, su figura seca, alta, desgarbada, recorría la calle Larga. Los vecinos la miraban atónitos. Rita tenía la expresión idiota; sus brazos gesticulaban sin concierto; erraban sus miradas; parecía loca...

Varios transeúntes la detuvieron:

—¿Qué la sucede á usted? ¿Por qué va usted así?...