Ella había vuelto á encontrar aquel gesto, aquel admirable gesto de estupidez y de dolor, con que una mañana estuvo contemplando el cadáver del señor Frasquito.
—Los he perdido—sollozaba—los he perdido...
—¿A quién ha perdido usted, Rita?...
—A mis hijos...
Y seguía adelante, hacia su casa. Sus labios, sin color, repetían automáticamente:
—He perdido á mis hijos... he perdido á mis hijos...
A su alrededor el número de curiosos aumentaba. Todos, ávidos de saber y compasivos, se estrechaban contra ella. El ruido de tantas pisadas llenó la calle, y la noticia de que acababa de ocurrir una desgracia penetró en los hogares. En las ventanas y las puertas asomaron rostros interrogantes. Don Artemio y don Juan Manuel, que salían del Casino, se acercaron á la mujerona.
—¿Qué dice usted, Rita? ¿Se ha vuelto usted loca? ¿Ha perdido usted á sus hijos?... ¡No es posible!...
—Sí; á los tres.
—¿Cómo?... ¿Ahora?