—Sí... ahora...
—¿Dónde?
—Abajo... allí...
Con un gesto, señalaba hacia la tierra.
—Los he perdido abajo, en el túnel; abajo... los ha matado el tren.
XXV
En los tres días consecutivos á la catástrofe del túnel, el bazar «Paredes, Hermanos», permaneció cerrado. Toribio, que ignoraba la horrible verdad de lo acaecido, estaba furioso, aunque secretamente se felicitase de haberse aligerado así, tan de cuajo, de los gastos anejos á la crianza y educación de tres niños pequeños. Molestaban, sin embargo, á su egoísmo, las visitas al Juzgado, adonde fué varias veces á declarar; los gastos del entierro, al que asistieron en conmovedora manifestación de duelo y simpatía todos los parvulillos de Puertopomares; la expectación de que era objeto y la avidez con que la pública curiosidad le pedía nuevos detalles del truculento lance; y, finalmente, el dinero que le obligaba á perder la inexorable obstinación de Rita en no abrir la tienda.
Considerando esto, el antiguo buhonero prorrumpía en maldiciones terribles y descargaba sobre las mesas del Toro Blanco puñetazos furibundos.
—Esa mujer—aludía á su hermana—tiene menos discernimiento que un asno; ¿cómo si no hubiese cometido la animalada de meterse en el túnel con los niños justamente minutos antes de pasar el tren?... ¿No merece, por imbécil, que la tundan á palos?...
Aun reconociendo la justicia de los lamentos y razones de Toribio, la opinión general compadecía á la madre. El inaudito dolor que pesaba sobre ella, determinó en su favor una cristiana y unánime corriente de cariño. Cuantas personas la vieron la tarde del suceso, describían emocionadas el amor y el esmero con que llevaba á sus hijos de paseo. Repetían sus palabras: