«Los pobrecitos—había dicho Rita—no salen nunca y necesitan tomar un poco de aire».
La curiosidad y fisgona destreza de las vecinas, supo percatarse hasta de los menores detalles. Recordaban, verbigracia, que Paquito iba con zapatitos flamantes de charol blanco, y que María Luisa llevaba en los cabellos una cinta azul. Tampoco olvidaron que Rita se quejaba de dolor de cabeza. Don Artemio Morón, con la vanidad del hombre que vivió unos segundos cerca de la tragedia de que se habla, no cesaba de repetir á cuantas personas llegaban á la botica:
—Por aquí pasaron los cuatro; yo, casualmente, acababa de asomarme á la puerta y estuve charlando con Rita. A los muchachos les llené los bolsillos de golosinas; iban contentísimos.
La Roja, entre tanto, permanecía recluída en su casa; ni siquiera salía de su habitación. No hablaba. Apenas probaba alimento. Sus ojos pequeños y azules, de un azul gris, tenían una fijeza imbécil. El rostro anguloso, descolorido, cobarde, expresaba la angustia de la bestia que se siente morir.
Al día siguiente del crimen la mujerona pensaba fugarse á Salamanca, para desde allí ir á reunirse con Vicente en La Coruña: pero no bien el asesinato se consumó, experimentó una dispersión total de ideas, un desastre y absoluto aniquilamiento de propósitos. Como por arte de brujería, toda su desorbitada y caliente vida interior desapareció. Acaso el esfuerzo que hizo para arrojar á sus hijos bajo las ruedas del tren, agotó las energías feroces de su voluntad; acaso las almas de los niños sacrificados y la de su padre, el señor Frasquito, sugestionaban á la criminal y la producían aquel invencible desfallecimiento; quizás también el espíritu del hombre pequeñito, satisfecha su venganza, había renunciado á seguir protegiendo á su cómplice.
Ello fué que, de repente, la mujerona hallóse desposeída del propio dominio y como desterrada de sí misma. Oía menos, veía menos y sus manos perdieron la noción justa de los objetos y de las distancias. Una temerosa quietud, un hondísimo silencio de tumba, parecía desprenderse de su alma y cubrirla bajo un nimbo aciago. Quería moverse y cual si entre el espíritu y el cuerpo toda comunicación se hubiese interrumpido, los músculos manteníanse ociosos. Sabía que Vicente López la esperaba, y no podía correr á buscarle: una fuerza suprema, un obstáculo invencible, atravesado delante de ella como un muro, la detenía. En tan rigurosa soledad, el tiempo adquiría proporciones absurdas: una hora equivalía á un mes, y de este modo, en las nieblas idiotas de su razón, Rita pensaba que, desde que salió del túnel, habían transcurrido muchos años. A intervalos, la miserable experimentaba una sensación de vacío; la emoción de que alguien acababa de marcharse de su lado de puntillas. Entonces pensaba:
«¿Por qué don Gil no vendrá á verme?...»
La idea, por momentos más firme, de que el hombre pequeñito había desertado, acrecentaba sus zozobras, y llegó á sentir el miedo, un miedo que era hielo, del criminal que huyese, cubierto de sangre, por un camino.
El jueves de aquella misma semana recibió una carta del Charro, fechada en La Coruña, y al día siguiente, otra, concisa, imperativa, apremiante como un telegrama. Decía:
«Ya no podemos embarcar en el Carolina, que sale de aquí mañana. ¿Qué sucede? ¿Por qué no vienes? ¿Te has arrepentido? ¿Es que ya no me quieres?...»